julio 21, 2024

Por Carlos Javier Blanco

El comunitarismo de Costanzo Preve se aleja de cualquier movimiento intelectual nostálgico que pretenda retrogradar hasta la comunidad orgánica prístina. El filósofo italiano lo presenta como una especie de deducción social de las categorías socio-ontológicas. Surge a partir de la “detección de las contradicciones degenerativas del mundo moderno y de la misma reflexión autocrítica radical sobre la misma experiencia del comunismo histórico” (De la Comuna a la Comunidad, Fides, Tarragona, 2019, p. 126; edición de Carlos X. Blanco, a partir de ahora las citas están tomadas de aquí [Hay edición argentina: Constanzo Preve, Karl Marx.De la Comuna a la Comunidad, Nomos, Buenos Aires, 2022]).

No tiene sentido hablar de una oposición abstracta entre individuo y sociedad. Ambos polos son “conceptos conjugados” en el sentido de Gustavo Bueno: pares de conceptos que nacen conjuntos pero que se van entrelazando y oponiendo a lo largo de su desarrollo histórico, con lo cual tenemos una situación en la que no sólo que el uno precisa del otro y viceversa, sino que ambos conceptos se co-determinan e influyen en el desenvolvimiento recíproco. Nunca hubo un individuo sin sociedad ni sociedad sin individuo pero es que, además, el papel que cada uno de los polos desempeña para su contrario/complementario es fruto de una evolución, evolución que conforma el contexto envolvente de las determinaciones recíprocas.

El individuo es fruto de la sociedad (encontrar pareja, procrear nuevos individuos, clausurar un ámbito de pareja y de familia frente a extraños, etc.) y los actos sociales son actos en los que se forman comunidades e individuos codeterminándose ambos extremos, la individualidad somática y el grupo comunitario. El “individuo” no es el mismo en Roma, en el Medievo o en el Capitalismo: precisamente el individuo moderno diferenciado es fruto de unas condiciones socioeconómicas e históricas muy concretas. El individuo verdaderamente diferenciado es el resultado de un proceso gradual, un desarrollo que coincide con la “sociedad burguesa” y, por ende, el fin de esa misma sociedad burguesa (que no el fin del capitalismo), puede suponer el fin del individuo diferenciado.

La magna obra La Decadencia de Occidente, de Spengler, es el locus donde podemos aprender sobre esa grave transformación de Europa y de los países herederos de su cultura: la conversión de las sociedades de individuos diferenciados en sociedades “de hormigas”. En las jaulas de cemento, hormigón y cristal se encierran millones de seres humanos desligados de todo solar y de todo torrente de tradición y sangre, hombres fríos y sin “casta”, muy semejantes unos de otros, absolutamente intercambiables, producidos tras innumerables mestizajes somáticos y espirituales. El capitalismo tardío ve en el individuo “de casta”, sea cual sea su raza, un obstáculo y un enemigo. El capitalismo cosmopolita alimenta la decadencia social y produce los hormigueros humanos, es enemigo de la personalidad individual. Solamente el comunismo —única salida racional al postcapitalismo— puede significar una vuelta de la personalidad individual.

La acumulación capitalista es destructiva. Disuelve no solamente la comunidad humana sino el propio concepto de individuo (p. 129). La creación de bolsas y bastiones comunitarios, así como la fortificación de los ya existentes y supervivientes, es un desafío a la acumulación capitalista, y una plataforma para un futuro comunista. Es remar y nadar contra corriente: la corriente neoliberal que, partiendo del protestantismo ultra-individualista está acabando con el individuo, debe ser contrapesada y superada con el comunitarismo.

La propuesta de Costanzo Preve es sumamente renovadora y provocativa: extirpemos de Marx la lectura “futurista” de su obra, y aboguemos por una interpretación “tradicionalista”. Según el autor italiano “Marx es un episodio de una tradición (…) nacida en Grecia (…) que se opone cíclicamente a las tendencias disolutivas y destructivas de la acumulación anómica de la riqueza individual…” (p. 169). Y hoy, cuando estamos cercanos a rebasar el primer tercio del siglo XXI, esa tendencia anómica y atomística es cada vez mayor. Vivimos una oleada de intensa atomización y centrifugación social. Las dos clases sociales llamadas a la lucha “motriz” que empuja la Historia (burguesía y proletariado) se deshilvanan. El proletariado de Occidente se ha debilitado, y la izquierda ha ido a buscar bolsas de población “ofendida” por causas parciales o identitarias con el fin de capturar votos, y rehacer “el sujeto anti-capitalista”. Pero esas bolsas de “ofendidos” son minorías que, si bien pueden estar a veces marginadas, discriminadas, etc., tomadas como categorías en abstracto, a la hora de la verdad acaban convirtiéndose en colectivos perfectamente integrados en el Sistema capitalista: lejos de arrumbarlo, los colectivos LGTBIQ+, las agrupaciones de emigrantes, los regionalistas y nacionalistas fraccionarios, los ecofeministas, y un largo etc., tienden a buscar un buen acomodo en el Sistema, e incluso a reforzarlo, siempre cuando reciban (al menos en parte) un trato de privilegio. La verdadera izquierda debe comenzar a comprender que las causas parciales e identitarias no tienen nada que ver con el combate anti-capitalista. La verdadera izquierda debe alejarse definitivamente del “identitarismo” por cuanto que su lógica interna es coincidente y funcional con la dinámica del modo de producción capitalista. Este régimen, igual que los que le precedieron, tiende a segregar estamentos privilegiados que, a cambio de servir lealmente a los servicios del capital, detraen a una porción de la población de la explotación pura y llana, y los colocan en situación privilegiada gracias a ciertas migajas de la plusvalía extraída.

Pero no sólo desaparece la clase obrera ante estos “nuevos colectivos” identitarios que usurpan las funciones de la clase obrera convirtiéndose, en realidad, en esbirros del Capital, sino que también desaparece la burguesía. Como escribe Preve, el capitalismo “ha despedido” a la burguesía, sin darle ni siquiera las gracias por los servicios prestados. La burguesía, tal y como reza el Manifiesto Comunista, ha derribado todas las fronteras y murallas —las del Antiguo Régimen, con sus residuos feudales, y las murallas de las de las culturas exóticas, esto es, extraeuropeas. La burguesía histórica, igualmente, ha cruzado el Rubicón de la ciencia y de la innovación tecnológica. Bajo ella y alrededor de ella se habían creado diversos estratos de clases medias que garantizaban el reclutamiento eficaz de ingenieros, profesores, cuadros de mando empresarial, profesionales liberales, etc. que, sin cuestionar el régimen capitalista, lo apuntalaban. Garantizaban la reproducción de lo que hoy se llama “capital humano” o “capital cognitivo”, y aumentaba el elenco de empleos bien remunerados que, al crecer, otorgan una apariencia de capitalismo mesocrático, siempre más estable y pacífico. Pero al desaparecer hoy en día la burguesía, desaparecen también estos empleos y grupos mesocráticos y la dualización de la sociedad se hace más feroz y peligrosa: arriba, una super-élite cada vez más exigua y alejada, no sólo de la nación, sino de la realidad. Abajo, una masa indiferenciada de precarios y subproletarios.

En esa situación, la izquierda posmoderna elabora ideologías falsas —de la más falsa conciencia— deshonestas y necias: abolición del trabajo, reparto del trabajo, renta básica, salario universal de por vida… Alimentando el vicio de la pereza, un vicio anti-marxista donde los haya, y los sueños de la adolescencia (pasarse la vida sin hacer nada, pero disponer de paga para vicios y caprichos), la izquierda infame de la Posmodernidad (o capitalismo tardío), no hace otra cosa que elaborar los productos ideológicos más adecuados a la actual fase de evolución tardía del capitalismo: acostumbrar a las masas a una miserable existencia inactiva, improductiva, meramente consumista.

La sociedad que crea el turbo-capitalismo es una no-sociedad: anómica, individualista, y, como dice Preve, sometida a la extorsión fiscal, la precariedad laboral, el nomadismo forzado (movilidad geográfica por razón laboral) y destructora de la familia. Con los mismos títulos con que la denominamos “post-burguesa”, también se puede llamar “post-proletaria”.

Preve es el filósofo marxista adecuado para acostumbrarse a los tiempos duros que se avecinan. En Occidente, al menos, nos habíamos acostumbrado al trabajo estable y duradero, a la familia estable (familia monógama, heterosexual y con vocación procreativa), y con esa base, un Estado con cierta homogeneidad o buena vecindad étnica, garante de servicios públicos de cierta calidad, con colchones que atenúan las caídas o recaídas en la pobreza, etc. Pues bien: todo esto se esfuma. Desde mayo de 1968 la izquierda “radical” ha ido ridiculizando un mundo burgués ligado a un sistema económico, pero la crítica sesentayochista, que incluye desarrollos estructuralistas y de otro jaez, no marxista (Foucault, etc.), había atacado a la burguesía en sí misma, y no tanto el sistema injusto, irracional y explotador que hasta entonces había pilotado la burguesía.

Pero ahora, además, la super-élite ha desalojado a la burguesía o la ha sometido, la ha colocado bajo su férula, y el proletariado se ha desorganizado, reducido o se ha reclutado en contingentes que están en el extranjero, muy lejos (deslocalización) o se ha importado en masa por medio de taxis-cayuco, “papeles para todos” (regulación masiva), y otras técnicas de fomento de la migración masiva tendentes a la destrucción del mercado nacional de trabajo.

Pero una cosa ha de quedar clara. Si ahora el proletariado no puede ser en Occidente la clase verdaderamente revolucionaria, en los tiempos de Marx tampoco pudo haberlo sido. Ni nunca. La “mitología del proletariado” es, para Preve, una irracionalidad del movimiento comunista que el propio Padre Fundador, Marx, alimentó:

“El comunismo sigue manejando el mito sociológico del proletariado como la única clase ‘verdaderamente’ revolucionaria, un mito filosófico del fin de la historia (evidente secularización positivista de una religión mesiánica anterior), una estúpida compulsión a la abolición de la religión, de la familia y del Estado, resultado de un vanguardismo extremadamente anticuado, una tendencia incontinente a regular la libertad de expresión humana al modo burocrático, un progresismo inercial que ahora carece de justificación histórica y, sobre todo, una concepción colectivista de la sociedad” (p. 110).

La propuesta preveana, como es sabido, consiste en insertar el comunismo dentro de una filosofía comunitarista, lo cual implica despejar los nubarrones que ensombrecieron a Marx (en vida) y, mucho peor aún, al marxismo (esto es, post mortem). Lo mejor del pensamiento de Marx consiste en una continuación del pensamiento aristotélico: el hombre es por naturaleza un animal político; así como del idealismo alemán: el hombre es acción, praxis transformadora. Un régimen de producción que lo anule, que lo castre, incapacitándole para transformar el mundo… es un régimen que debe ser a su vez transformado (por vía revolucionaria). Y ello debe ser así, antes de que resulte demasiado tarde.

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