marzo 28, 2026

Chubut: poder y energía en los ecos del viento

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D os cuerpos cuereados se solapan sin cabeza, encastrados arriba de una tranquera. A medida que se avanza por el ripio de la Ruta 12 hacia Cerro Cóndor, otros pumas muertos asoman de la misma manera. De algunos apenas queda la osamenta, de otros todavía se adivina la huella del cuero que hasta hace no tanto cubría la carne. El puma ha vuelto a los campos de la meseta chubutense y los dueños del ganado salen a cazarlo. El animal merodea por donde andaba hace siglos, antes de ser corrido por el alambrado, las ovejas para la exportación de lana, los designios del hombre blanco.

Lo llaman atlantización de los chubutenses. Las personas se amuchan en la costa, un proceso demográfico que se intensificó en las últimas décadas al ritmo de la extranjerización de la tierra. Y mientras las hectáreas productivas se pierden, se engordan los sueños de la gobernanza chubutense de avanzar con la megaminería en esta región, pese a que esa cuestión fue dirimida en 2003 con una ley que la prohíbe, la famosa 5001, actualizada en 2021 en el último estallido social que todavía resuena en cualquier conversación política en los cafés de la provincia.

Chubut forma básicamente un cuadrado y la Ruta 25 conecta el valle inferior del río Chubut con la parte andina. A lo largo, un collar de pueblos en los que tierra adentro conviven y cruzan descendencia familias mapuches, tehuelches, galesas, y provincianos que vinieron a probar suerte a estas tierras donde llueven 200 milímetros al año. Son cuatro regiones bien marcadas: la meseta donde la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) conserva reservas de uranio y minas abandonadas; la costa norte de los aerogeneradores, Aluar y el turismo natural; la comarca andina y la ypefiana Comodoro Rivadavia. La síntesis de todo eso late en carteles de paradores de ruta, pintadas perdidas, memorias de baqueanos. Una historia que se resignifica por estos días, cuando la provincia se vuelve un laboratorio a cielo abierto de las mañas del extractivismo que busca maquillarse para transicionar entre el siglo XX y el actual.

primera parte: promesas, promesas

Cerro Cóndor pertenece a Paso de Indios, prácticamente en el centro de Chubut. La aldea se compacta en una calle de un par de cuadras con caseríos para 44 personas que se organizan alrededor del puesto sanitario y de la escuela Rifleros del Chubut. Aunque la localidad aparece mencionada en los diarios por sus yacimientos de uranio, los días en este oasis se organizan al compás de los intervalos del grupo electrógeno que ruge cansado, consumiendo el gasoil, disonante con el viento entre los mimbres y los sauces. A veces esa rutina se altera con la llegada de forasteros. Hace unos días aparecieron unos trabajadores de vialidad a arreglar el camino de tierra, a ensancharlo. Los vecinos intercambian suspicacias sobre esa repentina visita. Nadie les cuenta qué hacen ahí, por qué de pronto acomodan ese tramo caprichoso del camino. Entre la bruma de la incertidumbre, los ven ir y venir en sus camionetas, volver a la noche al camping de la aldea, comprar en la única despensa. “Sí, tengo más ventas, pero no los necesito. Yo acá dependo de mí misma”, dice la almacenera, que como el resto intuye que tales obras son para la minería. Sergio Pichiñan es auxiliar en la escuela y también tiene sus reservas sobre la repentina obra. “Hemos pedido muchas veces que vengan y ahora de golpe están acá y hacen esos caminos más anchos para que pasen las máquinas”, deja en suspenso la frase.

Sergio es miembro de una familia mapuche de mucha importancia en la zona, y en el camino por el reconocimiento de su comunidad hizo junto a su hermano una larga travesía para armar una memoria familiar. El resultado fue el libro Territorio Pichiñan, elaborado junto al Grupo de Estudios sobre Memorias Alterizadas y Subordinadas. En esta larga historia se menciona una mina de uranio, la de Cerro Cóndor, y hacia allí vamos para ver qué queda, qué hay.

Luego de cruzar el río a caballo y de más de una hora en subida, se llega a la cantera. Se ven tubos inyectados en la tierra, perforaciones con coronaciones de cemento donde unos códigos consignan viejos trabajos de la CNEA. Sergio arroja piedras en ellos y cuenta entre siete y diez segundos, que es lo que tardan en caer hacia una oscuridad que no se sabe bien qué guarda. Dice que los tubos supuran cuando hace calor. No hay alambres, señalizaciones ni información que alerten sobre el pasado de la mina de uranio que funcionó ahí hasta 1981. En la aldea apenas queda la memoria remota de aquellos años activos: un recuerdo que se ancla en el puente caído sobre el río, esos caños guachos, nada más.

En el libro Campamento Los Adobes, el ingeniero químico Ariel Testino reconstruye el día en que Videla inauguró la planta de tratamiento, que está unos kilómetros más arriba. La precariedad de aquellos comienzos, se lee, implicó el cirujeo de uranio: escombros puestos en tachos que se enviaban para completar las cantidades que por contrato con la Siemens —constructora de Atucha— debían llegar a Alemania. Fueron pocos años de extracción, hasta que el mineral se agotó. Hoy el autor le cuenta a crisis que por entonces los geólogos sabían que se había comenzado a explotar por los márgenes, que allí cerca estaba el “elefante blanco”, es decir, el lugar de mayor concentración que hoy tantas notas rentadas o copypasteadas mencionan como Cerro Solo sin precisiones cartográficas ni territoriales.

Entre Cerro Cóndor y la aldea El Escorial (casi idéntica, apenas más grande, igual de necesitada de trabajo y también ajena a la información de los diarios), se levanta el campamento Los Adobes de la CNEA, ahí nomás del famoso Cerro Solo. Al ver que llegamos, un trabajador en shorcito y campera inflada institucional sale de las oficinas. Dice que es técnico de exploración, que la CNEA desde 2017 no explora y ellos están a resguardo del patrimonio del Estado, que a veces riegan las plantas. Preguntamos por Cerro Solo y sonríe diciendo que ahí están las mayores concentraciones, a una profundidad importante que solo se resuelve con un open pit —dinamita, voladura, abrir la tierra—. No dice mucho más.

En la meseta, pero más al norte, está Gastre, localidad famosa por la gesta de los pobladores que logró frenar el proyecto de la CNEA de instalar un basurero nuclear. La movilización, por entonces, logró que en 1986 Raúl Alfonsín desestimara la iniciativa. También ahí la Pan American Silver proyectó Navidad, que apuntaba a la megaminería de plata y plomo, y que se topó con la Ley 5001 que desde 2003 prohíbe la actividad minera metalífera en la modalidad a cielo abierto y la utilización de cianuro en los procesos de producción. Entre los muchos frentes que deben resolver el gobernador Torres y el propio Milei para avanzar con la minería en la provincia, la de la licencia social es una de las grandes batallas.

Con cada una de las personas que hablamos sobre minería en Chubut se repite un nombre: Pablo Lada, el referente del movimiento antinuclear en Argentina. Desde aquel Gastre hasta la actualidad, ha estado presente en todas las movidas. Lada habla con paciencia. Sobre la minería de uranio sugiere repasar el PRAMU (Proyecto de Restitución Ambiental de la Minería del Uranio), un documento de la CNEA. Allí se consignan los lugares a reparar luego de finalizada la actividad minera. También, los riesgos y la necesidad de repasar detalladamente cada uno de los proyectos. Actualmente, la CNEA administra más de 18 expedientes mineros en la provincia, una superficie superior a las 25 mil hectáreas. De los 17 proyectos de uranio identificados en Argentina, 8 se encuentran en Chubut, lo que subraya su importancia estratégica. “Están hablando de 20 mil toneladas. Solo acá. Ahí te da la dimensión de la escala de lo que quieren hacer. Lo que se hizo acá no fue megaminería, fueron explotaciones más rudimentarias con la tecnología que tenía el Estado nacional, pero acá ya estamos hablando de que vendrían actores a producir y a ganar guita”, dice Lada.

A comienzos de 2025 Torres, a través de su secretario de Hidrocarburos, jugó fuerte pidiéndole a la CNEA que transfiera sus campamentos y minas a la provincia por no explotarlos. Lo hizo mientras renovaba con Pan American Energy (PAE) 45 años más de permanencia en Cerro Dragón y al mismo tiempo que PECOM ocupaba los espacios que dejó YPF en Comodoro. El gobernador también participó del anuncio con bombos y platillos de la YPF Nuclear junto a Horacio Marín. La estrategia de primarización exportadora converge con la creciente demanda de energía nuclear que los centros de datos de Google y otras tecnológicas proyectan (duplicando al mismo tiempo la demanda eléctrica, según prevé la Agencia Internacional de la Energía). La lenta agonía del capitalismo fósil convive en la provincia con las promesas de un capitalismo verde que lejos está de ser un alegre win-win.

“Entre 1952 y 1997 Argentina produjo aproximadamente 2600 tU en forma de diuranato de amonio (yellow cake), destinadas a satisfacer la demanda interna”, se lee del sitio oficial www.argentina.gob. Hoy se importa mayormente de Kazajistán el uranio que procesa Dioxitek, la sociedad anónima estatal que produce las pastillas y varillas que usan las centrales. El sistema nuclear argentino precisa alrededor de 200 toneladas de uranio al año para su funcionamiento. La interna en la Comisión se da entre históricos que promueven la explotación para abastecimiento local y la actual gestión que tiene como objetivo la exportación en un claro cambio de paradigma. Federico Kaufmann, exgerente de la CNEA, cuenta que hoy se busca transformar la planta de Formosa, actualmente paralizada, para que produzca UF(hexafluoruro de uranio), un gas para exportación utilizado en el enriquecimiento de uranio. “Siempre le escapamos a que nos usen de ariete de la minería porque no es todo lo mismo, pero acá se da lo que no aparece en ningún lado: la única minería con cadena de valor es la nuclear. Y justamente lo que se quiere hacer ahora es correr esa cadena de valor y llevarla a la exportación”, dice Kaufmann.

En la plaza de Puerto Madryn una decena de jóvenes planea una campaña para despertar la voluntad antiminera que entienden hoy dormida. La Asamblea en Defensa del Territorio se junta frente al Concejo Deliberante y arma consignas: “Mejor activos hoy que radiactivos mañana”. Ahí está Santiago Vasconcelos, legislador provincial por el FIT, que recuerda el Chubutazo de diciembre de 2021 que volteó en las calles la avanzada extractiva. “Una semana antes había marcha de 40 personas”, recuerda y se enfoca en los modales de la actual gestión provincial: “No hay acá un planteo de transición energética, lo que hay es un greenwashing, un pretexto para ver si puede lograr meter el uranio o el hidrógeno verde”.

“La gente en esos diez días gastó toda la energía militante de los próximos cinco años”, reflexiona Eduardo Hualpa, abogado y fundador de la experiencia municipalista Partido Municipal por Trelew. Repasa así los días de manifestación en contra de la zonificación de 2021, mientras gobernaba Arcioni. Cuatro años después, Hualpa lee en los nombramientos de Torres en el Tribunal Superior de Justicia, las reformas en el sistema judicial provincial, la quita de fueros aprobada en las elecciones, una estrategia que se completa con tres leyes que abordan la cuestión indígena (fin de los registros de comunidades, de la consulta y de la ley de tierras) que, aprobadas en un santiamén en febrero, permiten ver una clara intención hacia el avance minero.

segunda parte: la ciudad de los pasivos

Desde la meseta, se llega a la sureña Comodoro Rivadavia por una poceada Ruta 25 que corre a la par del río Senguer. A una hora del arribo se cruzan los campamentos de Cerro Dragón entre choiques y jarillas, humedales, elevaciones. Las cigüeñas bombean y son cientas, en distintos niveles del terreno. En ese valle las perforaciones se hacen donde el geólogo indica. Si hay que comer montaña, se come. “Si te corrés 400 metros, es papa, no encontrás un carajo”, explica Rodolfo “Chiru” López, histórico sindicalista, ingeniero químico, conocedor de mañas y artimañas de la política hidrocarburífera.

Hacia este rincón recóndito que mira al mar llegaron durante décadas legiones de trabajadores en busca de prosperidad. La ciudad se armó al ritmo de esos flujos migratorios en el valle aluvial de la meseta. Hoy se derrama medio al tuntún hacia el cerro y hacia el sur, decantando en Rada Tilly, una villa balnearia austral con casas fastuosas sobre la costa. Fue una década lo que duró la última bonanza, aproximadamente desde 2003 hasta 2013. Luego comenzaron los vaivenes. Vaca Muerta se convirtió en la luz de los ojos de los petrokas y la atención comenzó a cambiar. YPF concentró su apuesta en los no convencionales y Pan American Energy, a su vez, inició una “reconversión” para hacer fracking en sus campos. Las áreas de YPF fueron pasando a manos de Pecom, la petrolera del grupo Perez Companc, mientras la declinación productiva de toda la cuenca del Golfo San Jorge —que incluye el norte santacruceño— produjo un millón de barriles menos que el año pasado.

“La cuenca está agotada”, se escucha, se lee, se repite en los rincones comodorenses. Pero hay otro murmullo a contrapelo, como el que encabeza el geólogo José Paredes, que asegura: “El petróleo no se terminó, lo que se terminó es una forma de buscarlo. La cuenca debe renovar la estrategia para explorar”. Más allá de las preguntas que eso abre —¿cómo explotar más?, ¿en qué condiciones?, ¿para quiénes?—, lo que sin dudas asoma es el fin de una era.

En una pizzería del centro, la moza cuenta que esa sala a medio llenar de un sábado a la noche es un paisaje inédito. Nacida y criada en Comodoro, la mujer cuenta que hasta hace dos meses lo normal ahí era hacer cola para sentarse a comer una de muzza. Algo similar dice Agustina, una peluquera bahiense radicada en la década dorada, que armó una red de clientas que gastaban fortuna para tramitar sus días de soledad y crianza en casas a las que habían llegado para acompañar a sus maridos, bien pagos pero atados a la lógica de régimen del trabajo alternado (quince días en pozo, quince en casa). La estética era un eslabón más de la cadena de consumos que circulaba puertas adentro, en showrooms de importados, viajes al exterior, perfumes, carteras. Ahora eso merma y la asiduidad a la peluquería también. Entre raíces que crecen y casas que se alborotan (porque se suma la crisis del sector de trabajadoras de casas particulares), lo doméstico es una línea más en el termómetro de la crisis.

“Es lo mismo que pasó en Santa Cruz”, se repite también por los rincones. El geógrafo Gustavo Romeo señala distintos lugares de Comodoro e interpreta marcas de los distintos ciclos de boom y de crac. Desarma un mito: el de la ciudad que nació gracias al petróleo. “Fue por el puerto”, dice. Luego vino la primera torre, la segunda, Mosconi, la gesta nacional, pero todo empezó en la exportación de lanas. Repasa etapas mientras avanzamos por el barrio Pietrobelli, que antes llamaban Chile Chico, una zona nacida al calor de las disputas de tierras.

Si se escarba un poco, en la traza pública hay más para analizar. En la zona sur se ordenaba la sede del Partido Comunista, el “Comodoro oscuro”. Al norte, el barrio Mosconi, en lo que llaman el km 3, casas que YPF les daba a los trabajadores. “¿Quién pararía, quién participaría de una huelga si podría perder el techo?”, picantea Romero. La primera tanda ypefiana en su mayoría venía de Catamarca, Tucumán, golondrinas de la fruta que llegaban y agradecían. Fue un recambio estratégico para que no creciera ese movimiento más anarco-comunista de los llegados en la inmigración.

Desde Caleta Córdova sale el crudo. Por el puerto de Comodoro llegan los barcos con combustible refinado en Buenos Aires. En el medio hay un tendal de pozos abandonados, un enjambre de caños bajo tierra que a veces asoma en las entrañas de un patio. Seguimos por el barrio Laprida. La Virgen del Valle catamarqueño da la bienvenida. “Se nos acabó el petróleo y también la imaginación”, explica el geógrafo. En el borde de una canchita de fútbol un poco desflecada, un caño asoma como robot. Vetas de petróleo salpican la cubierta de cemento.

Avanzamos hacia la costa. Desde aquellos años de esplendor ypefiano hasta el presente muchos vientos arremetieron con intensidad. Un soplido salvaje que comió la costa y dejó al desnudo el esqueleto de aquella patria en crudo. Hoy en la playa hay unos hierros oxidados y escombros de hormigón. “Somos un país con petróleo, no un país petrolero”, dicen los jubilados ex YPF. Hablan de algo que no se ve pero flota en el lugar: tal vez sea la desazón de que aquí no se cuecen ya las promesas de un porvenir. Por eso las casas son de chapa, livianas, simplonas, pero acompañadas por Hilux o camionetas similares.

“Si quieren hablar de sociedad pospetrolera vean Tartagal”, dice Pedro, delegado del Sindicato de Gas y Petróleo Privado, y/o electricista en distintas locaciones de Cerro Dragón. Salteño, sabe lo que pasó en su provincia cuando el boom terminó: contaminación, abandono, falta de trabajo. Ahora desde hace más de una década en Comodoro ve escenas de una película que ya miró. Varios operarios le cuentan a crisis sobre algo que sin embargo se sofistica en ese mundo que parece derrumbarse: el sistema de control.

La foto muestra dos piernas. En una de ellas, algo abullona el mameluco azul. Es la tobillera que controla el trabajo. “Nuevo chiche” que ofrecen los proveedores de servicios a las empresas, en este caso, en Cerro Dragón, para los obreros que bajan y suben del campamento. Con los nuevos contratos laborales, con condiciones similares a las de Vaca Muerta, se instaló la multifunción y la reducción de costos. Las empresas utilizan GPS en los vehículos y tablets con chip para monitorear los tiempos muertos y operativos de los trabajadores. Los drones adquirieron una sofisticación que también explica la reducción de mano de obra. En 2010 eran 12 mil afiliados al Sindicato del Petróleo y Gas Privado de Chubut. Eran los tiempos del histórico conflicto con los Dragones de la UOCRA que pararon el yacimiento por 179 días. Hoy hay 4600 afiliados aunque el sindicato sigue manejando la bolsa de trabajo, es decir, los ingresos de trabajadores a las operadoras. “Los despidos también están relacionados con la implementación de nuevas tecnologías y la búsqueda de eficiencia por parte de las empresas. En el pasado, en situaciones similares, la gente salía a la ruta a protestar, pero hoy no se ve esa movilización”, se lamenta el trabajador. La paz social en medio de tamaño cimbronazo social es lo que el gobernador Torres y su aliado sindical, “Loma” Ávila, muestran como activo mientras PAE consigue una rebaja en las regalías y también en las retenciones a la exportación de crudo.

tercera parte: el futuro en el viento

“Azota la jarilla, inclina el coirón, molesto y persistente, ofrece su energía”, se lee una placa que recuerda la primera colada de hormigón en la base de un aerogenerador del Parque Eólico Rawson, de mayo de 2011, el primero de gran escala en Argentina, donde hoy funcionan 55 de la marca danesa Vestas. Otro nacido y criado, el ingeniero Javier Gort, cuenta que anduvo por todo el país midiendo vientos y no hay como los de sus pagos. Luego de recorrer gigantes blancos con aspas que giran cada diez segundos, nos hace parar frente a una computadora que apunta números: mide cuánta energía se inyecta a la red eléctrica nacional. “Cada mega instalado es 1,3 millones de dólares”, dice y aclara siempre en un tono pedagógico: “Nadie viene y pone la guita de una, financian los bancos y quieren saber cómo se devolverá la plata”.

La energía eólica en Chubut tiene un gran potencial (en los últimos 15 años, 23 parques instalados), pero aparecen los escollos. La principal limitación para el desarrollo es la falta de capacidad de transporte en las redes de alta tensión. Las líneas existentes, como la que sale de Madryn hacia el norte, se saturan rápidamente. Se necesitan inversiones significativas en nuevas líneas de transmisión, a un millón de dólares por kilómetro de tendido. Gort se inclina más bien por crear demanda de energía en la Patagonia.

El sindicato de Luz y Fuerza de la provincia hace unos años creó la Fundación Patagonia Tercer Milenio, para desplegar, junto con una estrategia de medios, estas discusiones. Eugenio Kramer, exsecretario de Energía de Chubut, defiende el Proyecto de Soberanía Energética que impulsaron en su gestión durante el gobierno de Arcioni: “Nosotros deberíamos ir a la térmica, tener energía barata que te permita industrializarte, y dentro de treinta años disponer nosotros de la tecnología para ir a renovables”.

El superávit energético provincial —el aporte al sistema interconectado mucho mayor de lo que consume— es una certeza que desde la provincia varios quieren capitalizar. “Están tratando de buscar una reconversión de la provincia con los negocios que abre el capitalismo verde”, advierte el investigador Hernán Scandizzo, autor del informe Patagonia: hidrógeno, tierra y viento, donde se registra la fiebre de compra de tierras en nombre de proyectos como el hidrógeno verde que por el momento solo apuntan a cambiar de nombre a los dueños de los alambrados.

A mediados de noviembre, el viento se revira como suele hacer en la provincia de Chubut. Según las estaciones de medición de las áreas petroleras, en Cerro Dragón hay ráfagas constantes que alcanzan los 312 km/h. Y registran un récord: una máxima alcanzó 352 km/h, un valor inédito. El viento hace desmadres. Entre techos y galpones, tira torres petroleras, que viejas y oxidadas parecen protagonizar la performance de una decadencia que, administrada y todo, cada vez tendrá menos para dar.

 Natalia GelósNicolás Perrupato
 

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