septiembre 14, 2026

Capítulo 1 del libro “Orígenes”, de Mario Firmenich

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Mario Firmenich

A continuación, el primer capítulo de “Orígenes”, el último libro del ex lider de Montoneros Mario Firmenich.

1.1.    Túpac Amaru: resurgimiento de la soberanía originaria con los valores cristianos originales

Desde la escuela primaria nos han dicho que el primer antecedente histórico de las guerras de independencia en las colonias españolas de Sudamérica es la insurrección de Túpac Amaru en 1780. Pero es poco frecuente encontrar explicaciones más profundas sobre el contenido político de aquella insurrección y de sus efectos posteriores.

José Gabriel Condorcanqui Noguera era descendiente, por vía materna, del último Inca. Era tataranieto de Juana Pilco-Huaco, hija de Túpac Amaru I. Su madre, Rosa Noguera Valenzuela, era descendiente del último Inca y mestiza.

José Gabriel estudió con los jesuitas en Cuzco y cursó estudios jurídicos en la Universidad de Chuquisaca (región también llamada Charcas). Fue curaca (del quechua kuraq) de varias comarcas peruanas, jerarquía semejante a “cacique”. Aunque el ayllu, la comunidad quechua y aymara, no es lo mismo que una tribu.

Las autoridades españolas le habían otorgado el título de nobleza como marqués de Oropesa.

En 1776 es dividido jurídicamente el Virreinato del Perú por razones de seguridad. España había apoyado la independencia de las colonias inglesas de Norteamérica, ocurrida ese año. Portugal, aliado de Inglaterra, invadía Río Grande del Sur y la Banda Oriental del Uruguay, territorios pertenecientes al Virreinato del Perú.

La creación de un nuevo virreinato buscaba mayor control administrativo y militar de aquel extenso territorio. Por un lado, estaba el peligro de las invasiones portuguesas. Por otro, existía el temor de que la diplomacia británica subvirtiera la colonia española con el “contagio” de la independencia norteamericana. La organización efectiva del nuevo Virreinato del Río de la Plata ocurrió recién en 1778.

Siendo un hombre culto e informado, el curaca José Gabriel tuvo conocimiento de la independencia de Estados Unidos. Sabía que por eso se dividió el Virreinato del Perú. No sé si habrá leído algo de Benjamín Franklin o si leyó alguno de los autores liberales europeos de su época. Lo más probable es que haya asumido básicamente el ejemplo del triunfo de la voluntad independentista de las colonias inglesas.

Los pueblos quechua y aymara eran explotados casi como semiesclavos en la minería. Para ello los españoles se aprovecharon de algunas instituciones incaicas.

La mita era una obligación legal en el Tahuantinsuyo. Ésta es la denominación del estado inca en quechua. Significa “las cuatro regiones unidas entre sí”. Dado que en su economía no existía el dinero, la mita era un tiempo de trabajo obligatorio a favor del Estado, a modo de pago de impuestos en especie. Pero fue convertida por los conquistadores en una semiesclavitud laboral para el reino de España.

Los aborígenes eran explotados en las minas y los obrajes textiles en condiciones infrahumanas. Ese era uno de los principales reclamos sociales de la rebelión de José Gabriel Condorcanqui. Pero también los pobladores mestizos, zambos y los criollos de origen español vivían empobrecidos y agobiados por las graves exacciones impositivas.

La rebelión de Condorcanqui empezó con reclamos pacíficos mediante escritos a las autoridades. Pero eso era inútil. Decidió pasar a la lucha por la independencia, quizás entusiasmado por el triunfo de George Washington en las colonias inglesas.

En los inicios de su estrategia política usó una táctica semejante a la “máscara de Fernando VII”, a la que recurrieron los patriotas de la independencia treinta años más tarde. En un primer momento concentró sus ataques políticos y reclamos económicos contra las autoridades virreinales, pero fingiendo respetar al monarca Carlos III.

José Gabriel Condorcanqui adoptó el nombre de su antepasado inca como fundamento de su legítimo reclamo como heredero de la soberanía. Por supuesto, su exigencia estaba muy lejos de una ambición personalista. Toda su familia nuclear, sus hermanos, sus parientes de sangre y políticos lucharon heroicamente por la independencia y la soberanía de los incas sobre los territorios del Tahuantinsuyo.

La esposa de José Gabriel Condorcanqui, Micaela Bastidas Puyuca-hua, fue su consejera política principal y jugó un rol estratégico en la organización de la insurrección. Su coraje la convirtió en un símbolo de la independencia contra la explotación colonial. Micaela era de ascendencia quechua por vía materna y africana por parte de padre. Era claramente identificada como zamba.

José Gabriel y Micaela tuvieron tres hijos: Hipólito Túpac Amaru Condorcanqui Bastidas, Mariano Túpac Amaru Condorcanqui Bastidas y Fernando Túpac Amaru Condorcanqui Bastidas, todos luchadores por recuperar la soberanía incaica.

Seguramente los nombres de tres personalidades posteriores destacadas de nuestra historia no tengan nada que ver con los nombres de los hijos del líder inca mestizo. Pero me parece una hermosa y sugerente coincidencia que Yrigoyen se llamara Hipólito, que Moreno se llamara Mariano y que Abal Medina se llamara Fernando.

José Gabriel Condorcanqui Noguera lideró la familia heredera del último Inca adoptando su nombre, Túpac Amaru II, para la restitución de la monarquía incaica soberana. Sus hermanos y descendientes adoptaron la identidad Túpac Amaru como nombre de familia, en clara identificación con la lucha por la soberanía originaria usurpada por el colonialismo. Obviamente José Gabriel adoptó la identidad monárquica de su antepasado para dotarse de autoridad política hereditaria. También usó como símbolo de autoridad su título de nobleza español. Algunos sostienen que, en base a eso, dejó correr la idea de que era heredero de sangre real tanto de los incas como de la Corona española.

La “Gran Rebelión” liderada como heredero de la Corona soberana de los incas estalla cuatro años después de la revolución de la independencia norteamericana y de la creación jurídica del Virreinato del Río de la Plata.

La lucha independentista de Túpac Amaru II, como cualquier otra revolución, no fue pacífica. Hubo muertos y heridos en enfrentamientos armados. De hecho, el acto inicial de la insurrección fue el ajusticiamiento en la plaza pública del despótico corregidor Antonio de Arriaga el 4 noviembre de 1780.

El 16 de noviembre proclamó la abolición de la esclavitud, de las encomiendas, de las servidumbres indígenas y de la dominación del poder colonial sobre los pueblos americanos. Túpac Amaru II fue el primer líder del mundo en abolir la esclavitud. Esta conquista no pudo institucionalizarse porque la revolución fue finalmente sofocada.

La revolución independentista de los esclavos de Haití abolió la esclavitud en 1791. Fue a raíz de la revolución haitiana que el revolucionario francés Robespierre impulsó la abolición de la esclavitud en Francia en 1794.

Retomando la iniciativa de los orígenes de nuestra independencia, la Asamblea de 1813 reunida en Buenos Aires abolió la esclavitud y decretó la libertad inmediata para cualquier esclavo que pisara nuestro suelo patrio. La revolución de la independencia de EE. UU. no abolió la esclavitud. El propio George Washington fue un agricultor esclavista. No es casual que Túpac Amaru II haya sido un revolucionario independentista de pensamiento social tan avanzado. Era heredero no sólo de la corona del Inca, sino también de la cultura socioeconómica incaica.

El sistema socioeconómico del Tahuantinsuyo ha sido observado con asombro por los investigadores contemporáneos. Mereció calificaciones de “socialista” o “Estado de bienestar arcaico” (sin duda, con extrapolaciones exageradas del presente hacia el pasado). Hasta se ha dicho que la Utopía de Tomás Moro está inspirada en las primeras noticias llegadas a Europa sobre la existencia del sistema social incaico.

El 18 de noviembre de 1780, el ejército revolucionario de Túpac Amaru II venció al ejército español en la batalla de Sangarará. La proclama política tras ese triunfo muestra su concepción de que el sujeto revolucionario es la totalidad del pueblo, fruto de casi trescientos años de una fusión de etnias. Él mismo y su esposa eran evidencia de ello.

La rebelión no representaba solamente los intereses y la cultura de los pueblos originarios. Túpac Amaru II reclamaba por los derechos económicos de todos los sectores sociales explotados por la Corona y promovía la independencia de todos ellos unidos como un solo pueblo. La proclama tras su victoria militar dice: “Vivamos como hermanos y congregados en un solo cuerpo. Cuidémonos de la conservación de los espaúoles: criollos, mestizos, zambos e indios por ser todos compatriotas, como nacidos en estas tierras y de un mismo origen”.

Relacionado con la pluralidad social que lidera, es significativo el hecho de que en su discurso político se declarara católico. En un edicto para la provincia de Chichas, el 23 de diciembre de 1780, expone que sus decisiones políticas concuerdan con “nuestra sagrada religión católica”.

No es extraño que para 1780 Túpac Amaru II, educado por los jesuitas, tuviera creencias católicas. Pero lo importante políticamente no es su educación ni su creencia individual. Lo significativo es que se asumiera católico en un proyecto político contra la dominación española, basándose en la herencia incaica y adoptando la identidad de Túpac Amaru.

Como en muchas otras culturas, el Sol era adorado por los incas como una divinidad. Dada la fundamentación religiosa del poder político, el Sol —Inti, en quechua— es el símbolo de la soberanía real del Inca. Esa misma soberanía es la que Túpac Amaru II quiere recuperar con todos los símbolos de su poder. Pero Inti ya no es en su discurso político la deidad precolombina. Esto es un reflejo claro de que tres siglos de sistema colonial hispánico habían dado nacimiento a una nueva cultura mestiza.

Emergen en la nueva cultura criollomestiza los cimientos iniciales del Inca Garcilaso de la Vega, a saber: la reivindicación glorificada del pasado incaico elevada espiritualmente por la evangelización, pero “demoníacamente” desnaturalizada por los pecados de los conquistadores espaúoles.
El Inca Garcilaso hacía un paralelismo entre la evangelización de la Roma imperial y la evangelización del Estado inca. La comparación evidenciaba la brutal diferencia. En la evangelización de Roma los cristianos fueron civiles mártires y santos. En el Tahuantinsuyo los cristianos fueron soldados depredadores y criminales.

El pensamiento revolucionario criollomestizo de Túpac Amaru planteaba los reclamos de la soberanía nacional originaria usurpada y la defensa de los derechos socioeconómicos de los pueblos explotados y empobrecidos. Pero lo fundamentaba en los valores de justicia de la moral cristiana.
Está presente en este pensamiento tanto la obra literaria históricoreligiosa del Inca Garcilaso de la Vega, Comentarios reales de los incas, como el logro del padre Bartolomé de las Casas. Este fraile dominico libró una lucha ideológica, política y teológica contra los abusos de los conquistadores. Exigió y obtuvo del rey de España y del Papa la sanción de normas que obligaban a respetar la dignidad y los derechos humanos de los nativos originarios de América. Lamentablemente esas normas fueron letra muerta en la práctica colonial.
 
1.2. Represión contra la revolución soberana. Orígenes del terrorismo de Estado

La insurrección de Túpac Amaru II se produce casi una década antes que la Revolución Francesa de 1789. Las ideas y el modelo de revolución social independentista sudamericano no son herencia del liberalismo europeo. Son fruto de la reflexión soberana de sus líderes, tanto sobre la cultura y la historia propias como del análisis políticomilitar de su contexto histórico.

Ese espíritu de soberanía políticoideológica expresado en el liderazgo de Túpac Amaru II es el fundamento del nacionalismo popular revolucionario, independiente de cualquier potencia o tutela extranjera. Este espíritu se mantuvo durante las gestas de San Martín, Belgrano y Güemes por la independencia, durante los viente años de existencia de la Confederación Argentina liderada por Rosas, durante la posterior rebelión montonera del Chacho Peñaloza y Felipe Varela contra el unitarismo porteño y en la rebelión de la juventud cívica radical intransigente de Leandro Alem e Hipólito Yrigoyen en 1890.

Ese espíritu soberanista fue heredado en el ADN peronista en general y montonero en particular. La voluntad de soberanía absoluta es la herejía política que los colonialistas y neocolonialistas demonizan con furia visceral. Saben que allí está la raíz de la muerte definitiva de sus privilegios.
La audacia intelectual y política de luchar a muerte por la liberación sin depender de nadie no es demonizada por casualidad. Esos rasgos evidencian una conducta insobornable. La rebelión de Túpac Amaru II tuvo réplicas en los territorios que hoy integran Bolivia, noroeste de Argentina y norte de Chile. Se estima que cerca de 100.000 hombres y mujeres se sumaron activamente a la revolución soberanista. Frente a eso, los defensores de privilegios inadmisibles responden siempre con una ferocidad y una crueldad difíciles de imaginar.

Túpac Amaru II fue reprimido con la metodología de los conquistadores al estilo Pizarro. A él, como Inca del pueblo sublevado, y a todos sus familiares y principales colaboradores los torturaron y asesinaron con la brutalidad propia del inquisidor Torquemada, tristemente célebre en el catolicismo medioeval español. No es una mera coincidencia que la principal obra literaria del Inca Garcilaso de la Vega haya sido prohibida por la Inquisición.
 
José Gabriel Condorcanqui fue condenado a morir por descuartizamiento estando vivo. Sus cuatro extremidades serían tiradas en direcciones contrarias atadas a cuatro caballos. Los jinetes apalearían los caballos en direcciones diferentes hasta descuartizarlo. Para aumentar su sufrimiento, antes de morir fue obligado a presenciar cómo asesinaban a su esposa, a dos de sus hijos y a otros miembros de su familia y de sus compañeros revolucionarios.

Además, antes de someterlo al descuartizamiento, la sentencia dispuso que se le cortara la lengua. Algunos testigos del cruel espectáculo afirmaron que dijo en quechua y en castellano, antes de que le cortaran la lengua, “Volveré y seré millones”.

He aquí otra evidencia de continuidad histórica directa entre nuestros orígenes soberanistas de Túpac Amaru y nuestros orígenes peronistas revolucionarios con Evita.

La fortaleza física y espiritual de Túpac Amaru II impidió que los caballos lo descuartizaran sin que él implorara clemencia. Se decidió entonces cortarle la cabeza, descuartizarlo a cuchillo y enviar una parte de su cuerpo a cada ayllu como amenaza terrorífica de escarmiento futuro. Fernando, su hijo menor, fue obligado a presenciar la tortura y el asesinato de sus hermanos, de su madre y de su padre. Luego fue encarcelado y
trasladado a España, donde permaneció en prisión hasta su muerte.

Recién en este 2025 sus cenizas fueron repatriadas desde España al Perú. Fue recibido en Cuzco con los honores de su linaje y de su lucha. La crueldad sanguinaria, pública y publicitada que el poder colonial le aplicó a Túpac Amaru II y a toda su familia es exactamente lo que se conoce como “terrorismo”, que es definido como la práctica del control político de toda la población con la amenaza del terror. Cuando el terrorismo es ejercido como una política pública del Estado, se lo llama terrorismo de Estado.

La rebelión soberanista y por la justicia social de Túpac Amaru II no fue solamente el origen de nuestras independencias nacionales. La criminalidad con que le respondieron también contiene los orígenes del terrorismo de Estado ejercido por las oligarquías neocoloniales.

Cuando el líder revolucionario sublevado ordena el ajusticiamiento del despótico corregidor Arriaga, genera un acto de justicia popular revolucionaria. Ese hecho obviamente es violento e ilegal para las leyes del colonialismo español. Pero no comete un acto de terrorismo, no intenta amedrentar a toda la población con el terror.
 
Las diatribas demonizadoras contra los montoneros nos han colgado siempre el calificativo de “terroristas”. Pero es una descalificación falsa con el objeto de desprestigiarnos. La lucha armada clandestina contra la opresión de un gobierno dictatorial es un acto ilegal subversivo y violento, que trastoca los valores del poder establecido. Pero no es una práctica terrorista.

El intento de aterrorizar a los pueblos de los virreinatos del Perú y del Río de la Plata con esta brutalidad no tuvo efecto. Varios parientes de Túpac Amaru continuaron la rebelión durante más de un año hasta que fueron derrotados.

Por otro lado, en 1781, Túpac Katari se alza en insurrección armada como continuación de la gesta de Túpac Amaru. Lidera una revolución del pueblo aymara. Sitió la ciudad de La Paz durante tres meses. Tras ser vencidos, Túpac Katari y sus principales seguidores fueron ejecutados con el mismo procedimiento terrorista de descuartizamiento aplicado a Túpac Amaru. Se destacó en la lucha revolucionaria junto a Túpac Katari su esposa,
Bartolina Sisa. Ella fue descuartizada igual que sus compañeros.

Nada nace de un repollo. En las semillas que se siembra están los genes de todos los caracteres futuros. La historia, con sus victorias y tragedias, fluye generando una cultura política que se realimenta de generación en generación. Aquel amor a muerte por los más humildes y por la patria se va integrando en la cultura.

El amor de las nuevas generaciones engendra hijos y es por amor que elige sus nombres. Los seis nietos que tengo hasta el día de hoy, por exclusiva iniciativa y voluntad de sus padres, con fundamentos diferentes entre sí en cada caso, tienen todos sus segundos nombres quechuas. Mi única nieta hasta el presente se llama Suyana. Mis cinco nietos varones hasta el presente se llaman Amarú, Katari, Tayari, Túpac y Atahualpa.
Nuestra revolución independentista popular hispanoamericana nace con los valores cristianos del padre Bartolomé de las Casas defendiendo la dignidad de los pueblos originarios y con el pensamiento históricoreligioso del Inca Garcilaso de la Vega. Esos valores cristianos originales inspiran el discurso de Túpac Amaru II por la recuperación de la soberanía originaria y el respeto a la dignidad humana de los pueblos aborígenes, mestizos, criollos, mulatos y zambos.

La represión conservadora del statu quo colonial nace inspirada en las torturas de Torquemada con su catolicismo medieval de la Inquisición española, contrario al mensaje original de la Buena Noticia de Jesús.
 
1.3. Los valores cristianos de los revolucionarios, desde Túpac Amaru II hasta los montoneros, enfrentados a
los valores cristianos de los colonialistas y neocolonialistas

Puede discutirse filosóficamente todo lo que se quiera sobre la guerra y la paz. Probablemente todos los humanos preferimos la paz. Pero la evidencia histórica, desde tiempos inmemoriales, enseña que, en determinadas circunstancias, las guerras se hacen inevitables.

Las guerras son una desgracia que los cristianos deben asumir estoicamente, con el límite moral de participar sólo en una “guerra justa”.

Las revoluciones sociales y políticas, ejerciendo el derecho de resistencia a la opresión, son guerras justas. Pero toda guerra o cualquier mera rebelión contra la opresión es violenta. En cualquier caso, los valores cristianos nos imponen el respeto a la ley moral aun en medio de la brutalidad bélica. La propia doctrina de la Iglesia católica lo sostiene así explícitamente.

Los montoneros nacimos con los mismos valores cristianos que Túpac Amaru II.

Son los valores cristianos originales, aquellos que nos enseñaron que “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos”, que “no son los que me dicen ‘Señor, Señor’ los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de Mi Padre”. La Virgen María nos explicita en el magnificat cuál es la voluntad del Padre: “[Dios] Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías”. Y Jesucristo llega a decirnos con toda crudeza: “No piensen que he venido a traer la paz sobre la tierra. No vine a traer la paz, sino la espada”

Los colonialistas ejercieron una crueldad salvaje en el siglo XVIII contra Túpac Amaru, Túpac Katari y contra sus compañeras y compañeros. Esa misma crueldad ejercieron, en el siglo XIX, los mitristas, herederos de los colonialistas, contra patriotas como el Chacho Peñaloza. Lo hicieron en nombre de una Constitución nacional que sostenía el culto católico. En el siglo XX, la dictadura militar de los neocolonialistas Videla y Martínez de Hoz fue continuadora de esa crueldad contra los militantes secuestrados, torturados y asesinados. Lo hicieron en la cruzada de salvación del “mundo occidental y cristiano”.

Los montoneros, al ajusticiar al fusilador Aramburu, no tuvimos esa crueldad. Incluso hemos sido objeto de burlas por pedirle públicamente a Dios piedad para su alma.

Esta antinomia moral hispanoamericana, entre los luchadores por la liberación y los luchadores por la dependencia, atraviesa toda nuestra historia hasta el presente. Todos los que formamos parte de la cultura cristiana quedamos comprometidos en la opción entre los valores irreconciliablemente enfrentados en esta antinomia. Aunque, por extensión y analogía con la moral natural y el derecho de gentes, no queda nadie ajeno a ella. Somos herederos de alguno de estos dos modos de concebir la moral cristiana (o el derecho de gentes) como fundamento y límite de los métodos de lucha para la construcción de la sociedad que nos parece justa.

Tras haber sido indultado por Menem participé en diversos reportajes televisivos. Eran hechos conmocionantes después de dos años de Triple A, de casi ocho años de dictadura más otros siete de cárcel con la teoría de los dos demonios. De pronto aparecía libre en la TV llevando sobre mis espaldas diecisiete años de demonización continuada por todos los medios. Era “el maldito” merecedor de la censura absoluta.

El primer reportaje hecho por un canal argentino en aquellas circunstancias tuvo lugar en 1991. Me entrevistó Enrique Llamas de Madariaga en Canal. Él había sido uno de los periodistas famosos durante la dictadura. Se decía que actuaba como hombre del Ejército. Esa habría sido la explicación de por qué fue secuestrado supuestamente por una “patota” de la Marina. Los grupos clandestinos de las distintas armas se atacaban entre sí como parte de las luchas por el poder en la Junta de Comandantes.

Llamas de Madariaga se asumía como católico. Hablando sobre los valores cristianos con que cada uno había luchado, me dijo como conclusión: “Evidentemente su cura no era el mismo que el mío”. Tenía razón. Todo indica que la interpretación del Evangelio depende del grado de justicia social y/o de privilegios oligárquicos que nos resultan deseables o inadmisibles a unos o a otros.

La adhesión a los valores cristianos originales expuestos en los Evangelios es lo que determina el grado de humanismo con que se conciben los límites éticos de una tragedia humana recurrente como la guerra. La represión antipopular, salvaje y cruel, reiterada durante siglos en nuestra historia, es intrínsecamente perversa y antievangélica. Al que le quepa el sayo que se lo ponga.

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