septiembre 4, 2026

El vaciamiento del Bonaparte contado por sus usuarias

Por las decisiones de vaciamiento, despidos masivos y la precarización laboral extrema que acorrala al Hospital Nacional Lic. Laura Bonaparte, la atención interdisciplinaria se desmorona día a día. Cientos de personas en tratamiento quedan al borde del abandono. En esta nota, Paula, Flor y Virginia narran en primera persona la angustia cotidiana de concurrir a un centro vaciado, la pérdida de sus profesionales de cabecera y la urgencia de no quedarse sin las recetas que las ayudan a sostener sus vida

Por Estefanía Santoro

En los pasillos del Hospital Laura Bonaparte el aire se ha vuelto denso, atravesado por la incertidumbre de no saber quién estará del otro lado del escritorio en la próxima cita. Lo que supo ser una institución nacional de referencia en el abordaje de la salud mental y las adicciones -pionera en la contención humana e integral- atraviesa una sangría ininterrumpida. Entre las oleadas de despidos directos y las constantes renuncias de profesionales asfixiadxs por contrataciones precarias y salarios que ni siquiera cubren el costo de los viáticos, la atención se desintegra. Detrás de los discursos oficiales de ajuste, la realidad estalla en la cotidianeidad de quienes concurren a atenderse: la falta de una firma para autorizar una receta o la partida intempestiva de unx psiquiatra se traducen, sin eufemismos, en la antesala de una crisis.

Paula conoce de memoria el mapa del hospital. Se atiende allí desde 2022 para llevar adelante un tratamiento por depresión grave y ha sido testigo directa del retroceso en la calidad prestacional. “La situación en el Bonaparte, desde el conocimiento que tenemos los pacientes, es más que nada de una precarización absoluta hacia el personal del hospital y, sobre todo a partir de eso, la precarización hacia los pacientes en cuanto a lo que es prestaciones y atención con los equipos que ya veníamos trabajando”, explica sin rodeos.

El impacto del vaciamiento excede el ámbito estricto de la consulta psiquiátrica. Según relata, la disolución de los equipos interdisciplinarios ocurrida a partir de las primeras tandas de despidos destruyó dispositivos clave que contenían realidades sociales y médicas sumamente complejas. “Al haberse desarmado muchos equipos interdisciplinarios que había, muchos pacientes dejaron de concurrir, no solamente a hacerse la atención dentro de los grupos terapéuticos del hospital o las intervenciones interdisciplinarias, sino que además no concurrieron a otras áreas de atención: muchas chicas dejaron de ir a ginecología, o descontinuaron, o recayeron en situaciones de adicciones que tenían previamente”, advierte.

Pegatina en el hospital. Gala Abramovich

Para quien transita un abordaje en salud mental, la pérdida de continuidad terapéutica actúa como un golpe directo a la salud. “Debido a todas estas interrupciones, saltos y cambios de profesionales dentro del hospital, uno es como que retrocede un poquito. No es que se retrocede en el tratamiento, pero tenemos más dificultades a sortear. No tenemos el camino completamente allanado de decir ‘hace cuatro años que estoy en el hospital y lo mío es solamente evolucionar’”, señala Paula. A esto se le suma el costo de vida y el aumento del transporte público, que dificulta el traslado de quienes llegan desde lejos. “Se ha ido precarizando de a poco y todo eso deriva en que no es un solo factor por el cual concurre menos gente al hospital, son un montón. Y el shock de haber discontinuado tratamientos con los equipos interdisciplinarios que teníamos fue el primer shock que tuvimos”.

La renuncia de profesionales, empujada por la falta de nombramientos estables, deja a lxs pacientes en un estado de vulnerabilidad permanente. Paula describe el momento en el que se encuentra frente a la interrupción del esquema psiquiátrico que venía realizando: “Los profesionales están bajo condiciones de absoluta precarización dentro del hospital, sin contratos. Ni bien les sale otra oportunidad laboral es lógico que renuncien y se vayan porque tienen familias que mantener y horizontes personales. Eso hace que los pacientes tengamos que volver a empezar. Si bien el hospital me garantiza todavía la medicación, no sé por cuánto tiempo. Tampoco tengo idea de cuánto tiempo me va a llevar terminar esto porque es lo que va decidiendo el médico. La inseguridad que nos genera a muchos pacientes es que de un día para el otro nos digan ‘no tenés más psiquiatra’”.

Ante la falta de horizonte, los propios usuarixs intentan tejer redes para reclamar la continuidad de sus derechos y exigir que no se sobrecargue aún más a la escasa planta de trabajadores de la salud que resisten. “Nosotros nos venimos reuniendo para ver qué hacemos para seguir presionando que el Estado nos garantice los tratamientos, porque de eso se trata. Si hay alguna baja de personal, que se cubra. Pero que se motive a que se cubra, porque la precarización de los salarios hace que sea poco atractivo para un profesional quedarse a trabajar en el hospital. Reparar a 200 o 50 pacientes entre una cantidad de personal que ya estaba sobrecargada es desde nuestra perspectiva bastante injusto. No hay una ética desde el Estado, no hay una planificación desde lo humanitario; solo hay una planificación desde lo económico. Queremos y vamos a exigir que se designe personal para el hospital, no queremos seguir recargando a la gente que ya está. Queremos condiciones dignas para el trabajo de todos los que están laburando en el hospital”.

La renuncia de profesionales, empujada por la falta de nombramientos estables, deja a lxs pacientes en un estado de vulnerabilidad permanente. Gala Abramovich

La segunda oportunidad amenazada

El impacto social del achicamiento estatal golpea con particular violencia a quienes encontraron en la salud pública una salvación cuando la marginalidad o la falta de recursos les cerraban todas las puertas. Flor tiene 34 años y llegó al Bonaparte en 2020, en plena vigencia de las restricciones por la pandemia. Con un diagnóstico de trastorno límite de la personalidad y una problemática de consumo, define su paso por la institución como el acceso a una vida que creía inalcanzable.

“En la pandemia funcionaba de una manera espectacular. La atención interdisciplinaria de psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales era excelente. A mí me dieron una segunda oportunidad, como si fuese un videojuego u otra vida”, evoca Flor. “Yo pensaba que no había mucho más que lo que yo ya tenía, que era una patología de base e intentos en un montón de otros lugares, incluso con prepagas que no me funcionaron. Llegué al hospital porque no tenía cobertura durante la pandemia y estaba muy mal. Acá es todo un proceso terapéutico: uno llega como los gatos cuando se escapan y vuelven todos lastimados. Uno llega lastimado de adentro, de afuera, de todos lados, a nivel psíquico, mental, físico. Es todo un proceso de recuperación que me permitió estar articulada socialmente. Tengo una vida normal gracias al hospital: trabajo, estudio, recuperé mis vínculos, me encanta trabajar, pude comprarme mis cosas. De otro modo no lo podría haber hecho, o ni siquiera estaría pudiendo hablar con vos, porque cuando llegué estaba ida”.

Esa estructura subjetiva y social construida a lo largo de años amenaza con desmoronarse tras las sucesivas olas de vaciamiento. La salida de profesionales dejó a cientos de usuarixs en un limbo administrativo y médico que compromete la entrega de los psicofármacos. “Pasamos por diferentes etapas de desmantelamiento. Hubo una primera oleada con un despido masivo que zafé, pero hoy actualmente me encuentro sin medicación. Mi psiquiatra renunció, no la echaron. Y el tema es que hay pacientes que nos quedamos sin cobertura psiquiátrica. El hospital está funcionando solamente con tres psiquiatras para todo el hospital, para las guardias, para todo”.

Flor enfatiza que la falta de seguimiento médico y la imposibilidad de conseguir los remedios por fuera del circuito público sitúan a los pacientes al borde de un abismo cotidiano. “El equivalente de esa medicación no lo puedo cubrir ni por broma. Cuando vos tenés una patología de base, implica muchos riesgos, no solo el riesgo a recaer en adicciones, sino riesgos que exponen nuestra vulnerabilidad y nuestra dignidad. En los casos más complejos es prácticamente un abandono de persona. Hay personas que no cuentan con redes de apoyo, que no tienen ni un celular para hacer un llamado, que no tienen familia porque sus papás fallecieron o por problemas vinculares”.

La falta de medicación no tardó en manifestar sus secuelas en el cuerpo y en la mente, reabriendo puertas que los tratamientos habían logrado cerrar. “Hoy estoy bien, estoy equilibrada, pero hay momentos del día que me agarra un bajón porque tengo mucha angustia. Tengo una reserva de medicación, pero cuando se me termine no sé qué voy hacer. Hace unas semanas atrás estuve dos días enteros con una ansiedad terrible, sin poder dormir, y a pesar de que estoy tomando la medicación estoy con el Jesús en la boca todo el tiempo, como diría mi madre, esperando un cachetazo todo el tiempo. Y así estamos desde la primera oleada de despidos.”

En su relato, la deshumanización generalizada entra en contradicción directa con el discurso meritocrático de la productividad: “Si lo que se busca es producción, dejando a las personas desarticuladas socialmente, desarticuladas del sistema sanitario, de la salud pública, de su dignidad y de lo más vital, la realidad es que uno queda a la deriva. Y vamos a ser realistas: no hay muchos caminos a seguir cuando estás perdido y no tenés un soporte de nada. Al no haber contención psicológica es más probable que una persona sufra un brote y termine en la cárcel, tenga un problema legal, o haga cosas que la medicación le permitía no hacer. Si nos sacás lo que nos permite estar encendidos y articulados, no se puede sostener un trabajo, no se puede sostener una familia de manera funcional, no se puede proyectar a futuro, ni siquiera trabajar en el amor propio. ¿Qué amor propio vas a querer trabajar si no hay dignidad?”.

Frente al deterioro, Flor desvincula de forma tajante al personal de la responsabilidad por el colapso y destaca la labor que realizan en medio de la precariedad: “A los trabajadores no los responsabilizamos de nada porque la realidad es que lo están dejando todo. Están yendo a la guerra con un tenedor. Son de trinchera literal. Cuando digo que me saco el sombrero es porque son profesionales súper idóneos que reciben casos de trinchera y que tienen un nivel de compromiso que hace que nos acompañen.”

Vaciar es cerrar. Gala Abramovich

El dolor y la impotencia de las familias

La angustia por la falta de insumos y profesionales traspasa las fronteras individuales e impacta de lleno en los hogares que acompañan los padecimientos de salud mental. Virginia es jubilada y madre de Enzo, un joven diagnosticado con esquizofrenia que realiza su tratamiento en el Bonaparte desde hace casi cuatro años. Su voz condensa la desesperación de quienes ven interrumpida la asistencia médica de sus hijos sin obtener ninguna alternativa estatal.

“Mi hijo es paciente del hospital y se quedó sin psiquiatra”, denuncia Virginia. “Y por lógica, al no tener psiquiatra, tampoco pueden darle la medicación, porque un psicólogo no puede medicar. Él tiene su psicóloga y el psiquiatra era maravilloso. Hay que tener en cuenta también que la relación entre el paciente y el profesional no es que se haga de un día para otro, es un vínculo que se va haciendo con el tiempo. Mi hijo estaba muy contento con su psiquiatra, y él tuvo que renunciar porque eran muy precarias las condiciones laborales en las que estaba. Se quedó sin psiquiatra y directamente le dicen ‘andá a tu obra social’. Yo no tengo obra social, soy jubilada, y la obra social que le quedó a él no tiene psiquiatra”.

La esquizofrenia, explica Virginia, exige una continuidad psicofarmacológica rigurosa para evitar descompensaciones severas que pongan en riesgo la integridad del paciente o de su entorno. “Él necesita sí o sí la medicación. En este momento no está sin medicación porque el médico le dejó para unos días, pero se va a quedar sin medicación prontamente. Hubo un momento en la historia de Enzo que quedó sin medicación y estuvo muy mal. No puede estar sin medicación directamente. Y así como él, hay una cantidad de gente que quedó a la deriva sin eso que es esencial para sus vidas”.

Para las familias, el vaciamiento institucional se percibe como un acto de crueldad sistemática. “Esta situación de ajuste es absolutamente deshumana”, manifiesta Virginia con indignación. “No hay explicación lógica, es absolutamente homicida. No puede ser que la gente no tenga su medicación, que los jubilados no tengan su medicación, que PAMI no entregue. Es de una crueldad que creo que no hubo en la historia de la Argentina. Dejar a la gente sin medicación es abandono de paciente.”

Frente al desamparo oficial, pacientes y familiares intentan articular respuestas colectivas, recurriendo a presentaciones ante organismos de derechos humanos y amparos judiciales para frenar lo que consideran un ataque directo al derecho a la salud mental. Para Virginia, el valor del hospital excede por mucho la infraestructura física: “Para nosotros el hospital es todo. El nivel de humanidad con que se trabaja ahí, cómo se contiene y se cuida a los pacientes no tiene palabras”. Sin embargo, mientras las autoridades nacionales persistan en recortar donde la vida quema, la trinchera del Bonaparte lucha por no convertirse en un lugar de ausencia


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